Los inicios del Imperio Inca En el ámbito andino no existía el concepto de la creación del mundo. Los pobladores andinos decían haber salido de sus lugares de origen con todos sus atuendos, adornos de cabeza y armas. Para los incas, este lugar de origen era una cueva; los chancas decían haber salido de dos lagunas mientras otros consideraban como pacarinas al mar, volcanes o cerros nevados. La Leyenda de los hermanos Ayar Uno de los principales mitos sobre el origen de los incas fue el de los hermanos Ayar, salidos de una cueva llamada Pacaritambo, Posada de la Producción, Posada del Amanecer o Casa del Escondrijo. Dicho lugar se encontraba en el cerro Tambotoco, el mismo que tenía tres ventanas. De una de estas ventanas, Maras Toco, procedía "sin generación de padres", a manera de generación espontánea, el grupo de los maras Sutic. De otra ventana, Cápac Toco, salieron cuatro hermanos cuyos nombres eran Ayar Uchu, Ayar Cachi, Ayar Manco y Ayar Auca. Ellos estaban acompañados por sus cuatro hermanas, Mama Ocllo, Mama Huaco, Mama Ipacura o Cura y Mama Raua. Cada cronista, según las referencias de sus informantes, cuenta con pequeñas variantes estos episodios. Los legendarios Ayar con sus hermanas iniciaron un lento andar por punas y quebradas cordilleranas, con el propósito de encontrar un lugar apropiado para establecerse. es interesante anotar que en la versión de Guamán Poma Mama Huaco es mencionada como madre de Manco Cápac y se alude a una relación incestuosa entre ellos. "En el análisis psicoanalítico del mito no se encuentran las dos prohibiciones fundamentales, la del incesto y la del parricidio y más bien se hace manifiesta la existencia de una red de relaciones fraternas en la que el incesto aparece dado. En este mito no existe la pareja conyugal, solo el binomio madre/hijo o hermano/hermana. Dentro de tal sistema de relaciones, la interdicción realizada por el padre en el interior del triángulo está ausente. El sistema de parentesco presente en el mito de los Ayar parece implicar, desde esta perspectiva, una relación dual entre el hijo y la madre" (Hernández y otros, 1987). Según la narrativa de los cronistas, los hermanos no tardaron en deshacerse de Ayar Cachi por temor de sus poderes mágicos, pues con un solo tiro de su honda podía derribar cerros o hacer que surjan quebradas. Con engaños lo convencieron de que retorne a Pacaritambo para traer el "napa", insignia de señores, y unos vasos de oro que habían olvidado, llamados "topacusi". Una vez que Ayar Cachi penetró en la cueva la cerraron con bloques de piedra, en donde quedó atrapado para siempre. Después de este episodio, los Ayar continuaron su ruta por las serranías. Es importante subrayar que los hermanos, a pesar de no tener un asentamiento fijo, no dejaban de ser agricultores. Es así que una vez establecidos en un paraje se quedaban en él durante algunos años, y después de lograr sus cosechas emprendían de nuevo la marcha. Sarmiento de Gamboa cuenta que en su peregrinación, los hermanos arribaron a un lugar llamado Guanacancha a cuatro leguas del Cusco. Allí se quedaron un tiempo sembrando y cosechando, pero no contentos reanudaron su marcha hasta Tamboquiro en donde pasaron unos años. Luego llegaron a Quirirmanta, al pie de un cerro. En ese lugar se celebró un consejo entre los hermanos, en el que decidieron que Ayar Uchu debía permanecer en dicho lugar transformado en una huaca principal llamada Huanacauri. Adoptar la forma lítica era, en el ámbito andino, una manera de perpetuar la divinidad o sacralizar a un personaje, es así que la forma pétrea asumida por Uchu no le impedía comunicarse con sus hermanos. El mismo cronista menciona que Mama Huaco era uno de los caudillos del grupo y que en el pueblo de Matagua, esta mujer "fortísima y diestra" tomó dos varas de oro y las lanzó hacia el norte, una cayó en Colcabamba, pero la tierra dura no permitió que hincase. La segunda la arrojó a un terreno llamado Guayanaypata donde penetró suavemente. otros informantes contaron a Sarmiento de Gamboa que fue Manco Cápac y no Mama Huaco quien arrojó el bastón mágico que debía indicar el asentamiento definitivo. Los ayllus errantes trataron de llegar al lugar señalado, pero hallando resistencia entre los naturales se vieron obligados a retornar a matagua. Mientras permanecían allí, Manco Cápac ordenó a Ayar Auca ir a poblar el paraje indicado por la vara. Cumpliendo la orden de su hermano, Auca voló hacia dicho lugar, pero al pisar el suelo se convirtió en piedra. Según las creencias andinas, las "guanca" o piedras eran mojones indicadores de la forma de posesión del espacio. Es así que Auca bajo el aspecto lítico fue el primero en ocupar el sitio escogido, tan largamente deseado, y ordenó a Ayar Mango llamarse, de ahí en adelante, Manco Cápac. Según Sarmiento de Gamboa, en la lengua hablada entonces, "Cusco" significaba ocupar un espacio de manera mágica. Para Garcilazo, "Cusco" era el "ombligo" del mundo en la lengua particular de los incas. Cieza de León cuenta en términos semejantes la llegada de Manco y su gente al Cusco y añade que la comarca estaba densamente poblada, pero que sus habitantes les hicieron un lugar a los recién arribados. Los mitos narrados hasta aquí, referentes a la manera como fue ocupado por los incas el antiguo Cusco, son relatos totalmente distintos de la versión dada por Garcilazo. La leyenda de los Ayar, con las transformaciones de los personajes en piedras o "guanca" sagradas, además de la larga peregrinación del grupo de Manco, son episodios muy andinos, presentes también en los mitos de las otras etnías. La trashumancia de los incas no fue la de bandas primitivas de pastores y cazadores, sino la de pueblos esencialmente agricolas, preocupados sobremanera en hallar buenas tierras de cultivo. En estas narrativas, una de las dos mujeres de Manco Cápac desempeñó un rol especial hemos visto la versión por la cual, a pesar de ser mujer, Mama Huaco fue la caudilla que lanzó la vara fundante para la toma de posesión simbólica del Cusco. Según el decir de los cronistas, Mama Huaco cogió un "haybinto" ( boleadora) y haciéndolo girar en el aire hirió a uno de los guallas, antiguos habitantes de Acamama, luego le abrió el pecho y sacándole los bofes sopló fuertemente en ellos. La ferocidad de Mama Huaco aterró a los guallas que abandonaron el pueblo, cediendo su lugar a los incas. En un estudio anterior hemos analizado la figura femenina de Mama Huaco y lo que podría significar y representar en el orden sociopolítico de los incas. Ella fue el prototipo de la mujer varonil y guerrera, en oposición a Mama Ocllo, segunda pareja de Manco Cápac. Cabello de Valboa cuenta que Mama Huaco hacía el oficio de valiente capitán y que conducía ejércitos. Esta característica masculina se explicaba en aymara con la palabra "huaco", que en dicho idioma representa a la mujer varonil que no se amedrenta ni por el frío ni por el trabajo, y que es libre. Según Sarmiento de Gamboa, los cuatro dirigentes que comandaron los ayllus en la llegada al Cusco fueron Manco Cápac, Mama Huaco, Sinchi Roca y Mango Sapaca. Es importante recalcar que Mama Huaco es nombrada entre los cuatro jefes del grupo. No interesa saber si los hechos fueron verídicos o míticos, lo importante es analizar la estructura social que la leyenda sugiere. En esta coya hallamos a la mujer tomando parte activa en la conquista del Cusco, luchando junto a los varones y capitaneando un ejército. En las leyendas cusqueñas su ejemplo no es el único en la guerra contra los chancas, la curaca Chañan Curi Coca era la jefa de los ayllus de Choco-Cachona. En la misma leyenda se sabe a través de los orejones de la ayuda proporcionada por los "pururauca", piedras mágicas que en el momento álgido de la lucha se transformaron en soldados y lograron el triunfo inca, lo interesante en el mito es la existencia de "pururauca" masculinos y femeninos, o sea que el ejército de la guerra no era un oficio reservado solo para los varones. Estos mitos referentes al establecimiento de los incas son básicos porque revelan su cosmovisión y sus estructuras sociopolíticas. Manco Cápac y sus ayllus habitaron el Cusco bajo y su morada fue el templo de indicancha, mientras que los seguidores de Auca se afincaron e instalaron en la mitad de arriba o hanan. La división por mitades tiene, en su contexto, un sentido de género y comprende una oposición y una complementariedad entre los bandos de Hanan y Hurin. Garcilazo de la Vega confirma ese criterio al decir que los hermanos mayores poblaron la parte alta, mientras que los seguidores de la "reina" eran hermanos segundos y poblaron Hurin Cusco. A través de las noticias de Garcilazo tendríamos que los varones de Hanan eran masculinos / masculinos, y los de Hurin masculinos / femeninos. En cuanto a las mujeres, las de abajo se clasificaban como femeninas / femeninas, y las de arriba femeninas/masculinas. Los prototipos de dichas mujeres serían la femenina/femenina Mama Ocllo y la femenina/masculina Mama Huaco. La Leyenda del ataque Chanca al Cusco. ¿Quiénes eran los chancas? Los chancas eran un grupo étnico establecido en la región de Ayacucho. Se dividían en las dos mitades de Hanan (arriba) y Hurin (abajo) y decían tener su origen o pacarina en las dos lagunas de Choclococha y Urcococha. Formaban un pueblo rudo, habían conquistado Andahuaylillas y su nueva meta era el Cusco. La situación del Cusco Durante el gobierno de Viracocha, los chancas partieron de Paucaray -a tres leguas de Parcos- y se dividieron en tres ejércitos. Tan seguros estaban de la fácil conquista del Cusco que dos de los ejércitos se dirigieron al Cuntisuyu y el tercero tomó la ruta del Cusco. Por su parte, el inca, viejo y cansado, abandonó el Cusco a su suerte y se refugió junto a su hijo Urco en la fortaleza de Chita. En esas circunstancias, surgió la figura del joven príncipe Cusi Yupanqui quien decidió defender el Cusco. Cusi Yupanqui, el futuro Pachacutec, nació en el linaje de Iñaca Panaca, un ayllu real. El cronista Betanzos narra épicamente el encuentro de Cusi Yupanqui con los chancas. Cusi contaba con escasos efectivos, con lo cual el triunfo cobra aun mayor realce. En torno al Cusco, el ejército de Cusi cavó grandes hoyos recubiertos de ramas para que los chancas cayeran en ellos. Además, el sacerdote del Sol confeccionó unos bultos de piedra revestidos de ropas para simular un ejército apostado esperando entrar a la lucha. Cusi Yupanqui trató de formar alianzas con sus vecinos pero ellos prefirieron esperar al desarrollo de los acontecimientos para plegarse al vencedor. Inca Urco, hijo de Viracocha, partió junto con su padre. Él había sido nombrado co- regente y en aquel entonces había recibido la borla, insignia del poder, y ese mismo día se casó con quien sería la mujer principal, todo aquello según costumbre inca. Sin embargo, el joven se mostró poco guerrero y no luchó por el Cusco. Las sucesiones incas eran tumultuosas por no existir la primogenitura: el poder recaía sobre el "más hábil y eficiente" de los posibles candidatos. De ahí que todas las sucesiones incas dieran lugar a intrigas, luchas intestinas y asesinatos. En este marco, la contienda de Huascar y Atahualpa no fue un caso insólito sino más bien usual pero debido a la gran expansión del Estado Inca tomó un carácter continental. Los espías anunciaron la cercanía chanca y los vieron llegar en desorden por la bajada del cerro de Carmenca emitiendo gritos y alzando sus armas. Llevaban el pelo en pequeñas trenzas y la cara pintada de rojo. En su euforia, no notaron los hoyos y cayeron en ellos. Un curaca llamado Chañian Curi Coca de los ayllus de Choco- Cachona aguardaba la proximidad del enemigo para atacar y peleó tan valientemente que triunfó en su zona. Hasta las piedras puestas por el sacerdote entraron en la contienda. Ellos eran los pururaucas, misteriosos aliados de los incas que sembraron el terror entre las tropas enemigas. Para decidir la batalla, Cusi Yupanqui se dirigió hacia el jefe chanca Uscovilca, lo mató, cogió el ídolo que guardaba consigo y lo mostró a los chancas que se desmoralizaron e iniciaron la huida. Más adelante, los chancas se rehicieron pero nuevamente triunfó Cusi, ayudado esta vez por sus vecinos. Los incas los persiguieron y se apropiaron del botín que facilitaría en el futuro la expansión cusqueña. Vencidos los chancas, Cusi Yupanqui juntó el botín y los prisioneros y se dirigió hacia la fortaleza donde estaban Viracocha y Urco. Según costumbre inca, el soberano debía pisar los despojos y a los jefes capturados en acto de toma de posesión de los vencidos y de sus tierras. Viracocha se negó a hacerlo y señaló a Urco como su regente y el indicado para asumir el poder. Cusi no admitió la propuesta y después de reiterar su pedido decidió regresar al Cusco. Por el camino fue asaltado por soldados de Viracocha pero conocía las intenciones del viejo inca y estaba preparado para el ataque. Así pudo regresar al Cusco sin mayores percances. No tardó Cusi en ceñir la borla y con ello, según costumbre antigua, cambió de nombre tomando el de Pachacutec Inca Yupanqui, personaje con el que se inicia el auge cusqueño. La expansión inca se puede ubicar en los principios del siglo XV y forma parte de la historia moderna del mundo andino. Gracias a la elección de los gobernantes, se sucedieron personajes destacados y si bien Pachacutec fue el iniciador, su hijo Túpac Yupanqui fue el gran conquistador y Huayna Cápac, el estadista. Los incas más cercanos a la invasión española nos permiten formular una historia menos legendaria por el número de noticias que tenemos de la época y la tradición oral conservada gracias a cantares que se ejecutaban en la gran plaza de Aucaypata durante las grandes fiestas y en presencia de las momias de los anteriores incas. La primera conquista de Pachacútec Después de su triunfo sobre los chancas, Pachacutec decidió consolidar su señorío y emprender luchas contra los curacas rebeldes que no acudieron en su ayuda. Cuando estaba juntando gente de guerra, llegaron las noticias de que Inca Urco, el co-regente de Viracocha, se hallaba en Yucay con un ejército. Sin demora, Pachacutec acompañado de su hermano Inca Roca, marchó a Yucay a enfrentarse con Urco. Durante la lucha sobre la barranca del río Urubamba, Inca Roca alcanzó la garganta de Urco con su honda, con tanta fuerza que le hizo caer al río. Urco, con sus armas en la mano, fue arrastrado por la corriente hasta la peña llamada Chupellusca donde sus adversarios lo atacaron y le dieron muerte. Numerosos fueron los curacas -cercanos en su mayoría al Cusco- incorporados al naciente Estado durante la primera etapa de la expansión inca. Los principales fueron los Ayarmaca que quedaron definitivamente vencidos y los Ollantay Tambo. Después de su victoria, Pachacutec mandó construir el palacio y ciudadela de Pisac en un alto promontorio con lo cual este nuevo soberano no sólo conquistaba nuevos dominios sino que se mostraba aficionado a poseer residencias nuevas. Sin embargo, la conquista que más puede interesar en nuestros tiempos es la zona de Picchu donde el Inca ordenó edificar un palacio para su regreso, con todas sus dependencias. Al pasar los siglos, ese lugar tomaría el nombre de Machu Picchu. Gracias al aporte de nuevos manuscritos de archivos hallados por Luis Miguel Glave y María Isabel Remy y la posterior investigación de John E. Rowe, sabemos que toda la región de Picchu, junto con la de Ollantay Tambo estuvieron comprendidas entre las tierras privadas del Inca. Continuando con sus triunfos militares, Pachacutec acompañado por Inca Roca, se apoderó de Amaybamba en el valle de La Convención y en la parte media del valle hizo construir un palacio para él llamado Guaman Marca. En el mismo documento que narra estas noticias se dice que el siguiente soberano, Túpac Yupanqui, trajo desde Chachapoyas a numerosos mitimaes para poblar la parte baja del valle con la obligación de sembrar cocales. Además, el manuscrito menciona la presencia de otro palacio llamado Yanayacu en las alturas de Amaybamba. Cuando estuve en el lugar, el antiguo hacendado de la finca me contó que existe en la región referencia de dichas ruinas pero que no han sido encontradas aún. Habiendo afianzado su poder y asegurado sus dominios cercanos a la capital, Pachacutec se lanzó a conquistas más lejanas. Así dominó a los soras y a los lucanas y trajo a sus jefes duales presos para celebrar su victoria. Otros señores, al ver su creciente poderío, prefirieron aceptar los "ruegos" de la reciprocidad y no arriesgar sus vidas en una contienda. Después de descansar un tiempo, el Inca volvió a reunir sus ejércitos y esta vez decidió ir contra el señor del Collao. Así, se enfrentó contra el temido Chuchi Cápac de Hatun Colla a quien venció después de ardua lucha. Con este triunfo, los cusqueños se hicieron dueños de las extensas tierras de Chuchi Cápac, las cuales comprendían los enclaves selváticos que producían las preciadas hojas de coca y las tierras situadas en la costa donde obtenían maíz, ají y pescado salado. Estos fueron los primeros contactos con los grupos étnicos costeños. La planificación del nuevo Cusco. Se despuebla el viejo Cusco Desde los primeros años de su gobierno, Pachacutec se preocupó por la reconstrucción del Cusco. El cronista Sarmiento de Gamboa cuenta que el Inca paseaba por la ciudad mirando atentamente su entorno. Para cumplir sus deseos, decidió despoblar el Cusco de sus habitantes para efectuar un nuevo trazo y repartir solares y terrenos a quienes él consideraba debían vivir en su capital. Cordel en mano, el mismo Inca medía calles y canchas para la gran satisfacción de los linajes reales (panacas) y de los antiguos ayllus custodios del soberano. Hasta entonces, el Cusco no pasaba de ser un villorrio bastante ruin y rústico frecuentemente anegado por sus dos pequeños ríos, el Huatanay y el Tulumayo. La reconstrucción se inició con la canalización de los arroyos para evitar las ciénagas en la temporada de lluvias y de las acequias portadoras de agua para la ciudad. Betanzos narra la manera en que se procedió a la refacción del Cusco. Pachacutec valiéndose de la reciprocidad, convocó a los curacas principales y a las autoridades andinas a que vinieran a la capital. Después de las fiestas acostumbradas, deliberaron sobre el envío de diez señores con la misión de ir por los pueblos en busca de subsistencia y de canteras adecuadas. Cuando todos los problemas estuvieron resueltos, los señores enviaron al Cusco gente para las obras. Unos tenían la tarea de acarrear piedras toscas para los cimientos, otros traían barro pegajoso y le añadían paja o lana para labrar adobes, otros acopiaban madera de alisos. El arquitecto Gasparini supone que desde el Collao vinieron expertos talladores de piedra, herencia de los antiguos tiahuanacotas. Las plazas incas eran extraordinariamente amplias, de forma trapezoidal y en ellas se desarrollaban actividades religiosas y sociales. El rito de la reciprocidad se efectuaba en la plaza de Aucaypata y en ella los ayllus y linajes reales se reunían a comer, beber y bailar las danzas ceremoniales del calendario cusqueño. También en dicha plaza se efectuaban las celebraciones del triunfo de los ejércitos inca que consistía en extender por el suelo el botín obtenido y a los señores presos. Sobre todo ello paseaba el soberano en signo de sumisión de sus enemigos y de poder sobre sus nuevas adquisiciones territoriales. El Coricancha Pachacutec puso todo su empeño en la reconstrucción del santuario de Inti Cancha o Recinto del Sol que hasta entonces era bastante pobre. No sólo se labraron las paredes con piedras primorosamente talladas, sino que los adornos fueron un derroche de oro. Los primeros españoles, que vieron el santuario en todo su esplendor, cuentan que existía un jardín con plantas, flores, aves e insectos de metal precioso. Los aposentos principales del santuario estaban dedicado, uno al Sol, otros a la Luna, Trueno y Arco Iris; todos comunicaban con el jardín de oro. Distintos relatos dicen que el Sol estaba representado en una pared con una plancha ovoide de oro, mientras que Garcilaso menciona una cara. Es posible que a través del tiempo existieran cambios en las tendencias religiosas. Las momias de los antiguos soberanos se conservaban en el templo y eran llevadas a la plaza para las grandes ceremonias. En la pieza de la Luna se conservaban los restos de las coyas o reinas apostadas a los costados de la callanca. Sólo la madre de Huayna Cápac, Mama Ocllo, miraba de frente al astro nocturno. Cambios religiosos La mayoría de los cronistas menciona cambios religiosos sucedidos después de la guerra contra los chancas. Según parece los sacerdotes principales apoyaron la huida del Inca Viracocha y estaban dispuestos a someterse a sus enemigos. Después del triunfo de Cusi Yupanqui, el futuro Pachacutec, la situación se tornó incomoda para los sacerdotes. Además, el joven príncipe necesitaba de un padre que lo nombrara como el nuevo soberano. Ante la negativa de Viracocha de pisar los despojos de los prisioneros, Cusi Yupanqui se dirigió al templo de Inti Cancha y pidió el beneplácito directamente al Sol. Desde entonces, los soberanos se consideraron Hijos del Sol. Así se produjo un cambio religioso pues anteriormente prevalecía el culto a Viracocha que sólo tenía un templo en el Estado Inca, mientras se acentuaba la influencia solar. Naturalmente que estos hechos no afectaron la veneración a múltiples huacas e ídolos existentes. Más aún, Pachacutec quiso que las principales huacas permanecieran en el Cusco y les otorgó servidores, tierras y bienes. Se trataba de una manera de controlar posibles rebeliones pues los naturales no se alzaban por temor a las represalias que podían ejercer sobre los ídolos. Conquistas de Cápac Yupanqui Estando el Inca Pachacutec absorbido con sus obras en el Cusco, ya no tenía tiempo para continuar con las expediciones. Debido a ello y en vista de que sus hijos eran aún pequeños, encomendó a su hermano Cápac Yupanqui dirigirse a la costa, al próspero señorío de Chincha. Existe una relación de este primer encuentro con los chinchanos pues fue un reconocimiento, un intento por establecer una relación amistosa antes que una conquista. Al llegar a Chincha, Cápac Yupanqui manifestó no querer otra cosa que la aceptación de la superioridad cusqueña y colmó de regalos a los curacas chinchanos para mostrar la magnificencia inca. Los costeños no tuvieron inconvenientes en reconocer al Inca y seguir pacíficamente en su señorío. La prosperidad de estos costeños se debía a los trueques de larga distancia que realizaban por vía marítima en balsa con el norte, actual Ecuador. Más aún, estos "mercaderes a modo de indios", mantenían un intercambio terrestre con hatos de camélidos con el Collao y el Cusco. Es sólo posteriormente, durante el reinado de Túpac Yupanqui, que se producirá una verdadera anexión territorial. La segunda salida del general Cápac Yupanqui Después de un tiempo de la expedición a la costa, el Inca reunió sus ejércitos para que el general Cápac Yupanqui fuera en son de conquista por el camino del Chinchaysuyu, por la sierra. Cerca de Guamanga, los naturales de Parcos se refugiaron en la fortaleza de Urco Collac y ofrecieron resistencia. Entre las tropas al mando de Cápac Yupanqui se hallaba un jefe chanca llamado Anco Ayllo, que comandaba a un grupo de esa nación. Bajo sus órdenes, los chancas asaltaron el fuerte rebelde con tan buena suerte que se apoderaron de él. La noticia enfureció a Pachacutec porque encontró que el triunfo chanca disminuía a los Orejones cusqueños y envió un mensaje a Cápac Yupanqui con la orden de exterminar a todos los chancas. Sin embargo, la noticia fue oída por una concubina del general que era hermana de Anco Ayllu. La mujer dio aviso de las intenciones de los cusqueños y el jefe chanca decidió huir con sus tropas a la región de la selva que protegería su partida. Por entonces se hallaban en la sierra de Huánuco y de noche en silencio los chancas levantaron su real y se dirigieron a la zona cálida de rupa rupa. Descubierta su partida, el general inca los persiguió pero sin éxito. Entonces, Cápac Yupanqui continuó su marcha por la sierra llegando hasta Cajamarca, lejos de los términos señalados por Pachacutec. En aquel lugar gobernaba Gusmango Cápac que para la ocasión se alió con los chimú y juntos esperaron la aparición de los ejércitos inca. A pesar de su número, Cápac Yupanqui los venció y logró un fabuloso botín que asombró a los cusqueños y fue extendido en la plaza de Cajamarca. Según parece, el general se vanaglorió por haber obtenido tesoros mayores a los de su hermano, el Inca. Sólo entonces, Cápac Yupanqui tomó el camino de regreso al Cusco con sus adquisiciones. Cuando estaba en Limatambo, llegaron mensajeros del Inca quien ordenaba la detención del general y la pena de muerte por la huida de los chancas. Según tradición inca, el triunfo de Cápac Yupanqui lo convertía en hábil y suficiente, hecho que hacía sombra al soberano que temió que se sublevara contra él. Conquistas de Túpac Yupanqui. Los ejércitos inca y la mita guerrera En los inicios del dominio inca, los ejércitos se formaban sólo cuando las cosechas estaban guardadas en las trojes y los soldados marchaban acompañados por sus mujeres, a las que los españoles llamaban rabonas, quienes se ocupaban de sus hombres, de su alimentación y de curar sus heridas. Más adelante, con la expansión territorial, se hizo imposible conservar estas prácticas tradicionales y, a través de la mita guerrera, se crearon los ejércitos regulares. Este sistema permitía formar tropas para conquistas lejanas como Charcas, Chile y Ecuador. Los soldados se ausentaban por años y muchos de ellos no retornaban nunca a sus pueblos. Túpac Yupanqui organizó sus ejércitos por escuadrones según las armas que portaban y marchaban con capitanes de su misma etnía. Los había portadores de macanas, hondas, porras, estólicas y otras. No faltaban los instrumentos musicales como tambores, trompetas de caracoles marinos y flautas. Los soldados iban vestidos de acuerdo a las costumbres de sus pueblos de origen, lucían penachos y plumas y llevaban patenas de cobre, plata u oro según sus jerarquías en el ejército. En algunas regiones, se pintaban el rostro. Al iniciar el ataque cantaban y gritaban para sembrar el espanto en el bando enemigo. Cuentan los cronistas que la gritería era tal que los pajarillos del campo caían al suelo aterrados. Una de las primeras conquistas del joven Túpac Yupanqui fue dirigirse a Chincha. Tiempo atrás, el general Cápac Yupanqui había realizado una primera incursión a la zona y había logrado el reconocimiento de la soberanía cusqueña. Además, había obtenido ciertas ventajas como la edificación de un Aclla Huasi con su dotación de mamaconas que confeccionaban textiles y bebidas para cubrir las necesidades de la reciprocidad y del culto, además de la construcción de una casa, llamada Hatun Cancha, para la administración inca. La llegada de Túpac Yupanqui confirmó los lazos de reciprocidad con los chinchanos y el Inca solicitó mayores tierras estatales. Los curacas locales preferían aceptar los términos de la reciprocidad que aventurarse en una guerra, que probablemente perderían y que estropearía sus trueques. Ese método explica la rápida expansión inca ya que con frecuencia la sola presencia de las tropas cusqueñas era suficiente para la anexión de las macroetnías al Tahuantinsuyo. Sin embargo, aunque el sistema favoreció el rápido crecimiento del Estado, fue también un factor determinante de su fragilidad pues bastó la aparición de las huestes de Pizarro para eliminar el tenue lazo formado por la reciprocidad entre las autoridades étnicas y los soberanos incas. La conquista de Guarco En el siglo XV, el curaca de Guarco era belicoso por tradición. Su valle estaba defendido por varias fortalezas y por una muralla envolvente que dificultaba cualquier agresión. Los ejércitos inca habían seguido la ruta desde la sierra por el cauce del río y habían obtenido con facilidad la rendición del pequeño señorío de Lunahuaná. Diferente fue la actitud de los guarco, quienes resistieron durante tres o cuatro años. En este ataque es posible observar las primeras estrategias inca que seguían un patrón poco efectivo pues sólo combatían en invierno por temor al calor del estío. Ese método permitía a los costeños rehacerse y consolidar sus posiciones. Cuentan los cronistas que la jefe de Guarco era una mujer muy hermosa y sus coqueteos dieron celos a la coya que pidió al Inca que dejara en sus manos el dominar a los rebeldes. Divertido, el soberano accedió a ello. La coya envió una embajada a la curaca asegurándole que quedaría en su puesto y sólo le pedía celebrar una gran fiesta en honor de Mama Cocha, el mar. Cuando todo el pueblo se hallaba en alta mar, los soldados inca entraron sigilosamente en Guarco y se apoderaron del señorío. Túpac Yupanqui entra a Pachacamac El joven co-regente inca llegó con sus tropas a Pachacamac pero se acercó al santuario como un peregrino y después de un largo ayuno, el oráculo consultado le profetizó triunfos y numerosas conquistas. A pesar de su devoción, el príncipe ordenó la edificación de un templo dedicado al Sol que llamó Punchao Cancha o Recinto del Día para contrarrestar la influencia del dios Pachacamac, dios de la Noche y de las Tinieblas. El templo debía ser más alto que el viejo santuario costeño para demostrar la superioridad del Sol. Los sacerdotes no tuvieron más remedio que acatar la voluntad del Inca. Expansión hacia el sur Después de un tiempo, el joven Inca decidió probar su suerte en la región selvática, quizás para asegurarse el abastecimiento de la producción de coca. Para ello dividió sus efectivos en tres ejércitos y con gran trabajo se adentraron en los bosques (Sarmiento de Gamboa, cap. 49). Según el cronista, los habitantes del Collasuyu aprovecharon de los rumores que Túpac Yupanqui había muerto para sublevarse. Avisado Túpac de la situación, salió apresuradamente de la selva para marchar contra los collas. Después de sofocar los disturbios y estando en los Charcas con un lucido ejército, se dirigió a Chile para conquistar la región sureña. Pasaron unos años y regresó Túpac al Cusco triunfante. En Paucartambo lo aguardaba su hermano Otorongo Achachi que dejó en la selva para que apaciguara la región e implantara la organización cusqueña. Juntos hicieron su victoriosa entrada al Cusco. Conquistas hacia el Norte Después de unos años de descanso, partió Túpac Yupanqui por el camino del Chinchaysuyu a visitar sus dominios y pueblos a lo largo de la ruta hacia el norte, viendo la organización de sus estados y verificando la administración. Así pasó por Vilcashuamán, Jauja, Huaylas, Cajamarca y se adentró en tierras de los Chachapoyas. Continuando con su camino, se enfrentó con cañaris que se habían aliado a los Quito. Luego de lograr una victoria, descansó en Quito y ordenó poblar la región con numerosos mitimaes, es decir gente traspuesta de otras regiones. Ahí dejó como gobernador a un anciano señor llamado Chalco Mayta. Este gobernador tenía licencia para usar andas y estaba obligado a enviarle cada luna un chasqui con noticias de Quito. Así, llegó a un lugar llamado Surampalli donde ordenó edificar un pueblo que llamó Tumibamba, nombre de una panaca real. El sitio ameno gustó al Inca quien pasó largos años en él dando guerra a los pueblos vecinos y anexándolos al Estado. Cierto día estando en Manta, llegaron unos mercaderes navegando a la vela en balsas. Estos mercaderes manifestaron venir de unas islas llamadas Auachumbi y Nina Chumbi. Este relato de Sarmiento de Gamboa es un tanto insólito por lo misterioso del viaje y lo es mas aún porque el inca se entusiasmó con la noticia y se embarcó con un ejército hacia las islas. No se sabe si todo aquello fue una ficción o si realmente navegó el inca a las Galápagos o más lejos aún a las Marquesas en pleno Océano Pacífico. Podría tratarse de una visión producida por alucinógenos. La expedición duró nueve lunas y a su regreso, después de larga ausencia, tomó el Inca el camino hacia el Cusco. Túpac escogió el camino de la costa, se dirigió a Catacaos, Pacatnamú y Chimú. Lentamente avanzaba visitando los diversos pueblos y así llegó a Pachacamac desde donde se internó por Pariacaca y Jauja. Paralelamente, otro ejército avanzaba por el camino de las serranías inspeccionando a las etnias. El arribo de Túpac Yupanqui fue festejado en grande en el Cusco. Nunca se había visto en la capital tan rico botín ni tantos prisioneros. Para la ocasión se dieron alardes de guerra y batallas rituales. Cuentan que el pequeño Huayna Cápac, de sólo cinco años, comandando un lucido ejército tomó por asalto a la fortaleza de Sacsayhuamán ante la mirada de miles de espectadores y de los tres incas Pachacutec, Amaru Yupanqui y Túpac sentados en sus tianas de oro y lujosamente ataviados. En la plaza de Aucaypata, las momias de los pasados gobernantes presidían las ceremonias más importantes. Por un lado los miembros de Hanan Cusco y por otro los de Hurin Cusco cantaban largas melopeas en las que narraban las hazañas del pasado. Para un pueblo que desconocía la escritura era importante poder oír, ver y admirar a sus antiguos incas y conocer sus proezas. Ellos semejaban una genealogía viviente pues conservaban sus palacios, mujeres y servidores. Con estas ceremonias se reivindicaba el pasado para un pueblo ansioso de regocijos. Pasados los festejos y ceremonias, el muy anciano inca Pachacutec adoleció de grave enfermedad y sintiéndose morir llamó a sus deudos y a las panacas reales. Según Sarmiento de Gamboa, les dijo "Hijo, ya ves las luchas y grandes naciones que te dejo y sabes cuanto trabajo me han costado. Nadie alce los ojos contra ti que viva, aunque sean tus hermanos. A estos deudos te dejo por padres, para que te aconsejen. Mira por ellos y que ellos te sirvan. Cuando yo sea muerto, curarás de mi cuerpo y ponerlo has en mis casas de Patallacta. Harás mi bulto de oro en la casa del Sol y en todas las provincias a mí sujetas harás los sacrificios solemnes y al fin de la fiesta de Purucaya para que vaya a descansar con mi padre el sol." Terminadas estas palabras, dice el cronista que comenzó a cantar en un bajo y triste tono palabras de su lengua, que en castellano suenan "Nací como el lirio en el jardín, y ansí fui criado, y como vino mi edad envejecí y como había de morir, así me sequé y morí." Luego de un silencio recostó la cabeza y expiró. Así falleció uno de los más grandes personajes de la historia del Perú y América. Gobierno de Túpac Yupanqui Luego de la muerte de Pachacutec, se montó guardia en torno a su cuerpo y Túpac, acompañado de los señores de la nobleza, se dirigió al Templo del Sol. Ahí acudieron los capitanes de los ayllus custodios, montaron guardia y cercaron el Recinto del Sol. Siempre se temía los consabidos alborotos que se sucedían al fallecimiento de cada soberano y por ello se tomaba todas las seguridades del caso. De nuevo recibió Túpac Yupanqui las armas e insignias del cargo y luego acompañado por la élite cusqueña se dirigió a la plaza principal. Ahí, el nuevo Inca se sentó en el ushnu a recibir la mocha o saludo y ceremonia de reconocimiento. Cada orejón o dignatario, descalzo y con un atado a la espalda en señal de sumisión, se acercaba y saludaba humildemente al soberano y entregaba su presente. Mientras tanto, se realizaban numerosos sacrificios y ofrendas a las huacas y santuarios. Se efectuaban sacrificios humanos de niños y doncellas muy jovenes. Los sacerdotes consultaban los oráculos para saber si el gobierno sería favorable y exitoso. Los ritos de difuntos o purucaya y también las ceremonias de la sucesión duraban lunas enteras. Una de las primeras acciones del gobierno de Túpac fue ordenar una visita general desde Chile hasta Quito realizada por administradores y señores principales para implantar el sistema cusqueño. Simultáneamente se procedió a agrupar la población de cada curacazgo según un sistema decimal. Así, se formaban grupos de diez hombres (chunga) siendo uno de ellos el jefe. Diez chunga formaban una pachaca (cien) y diez grupos de cien componían una guaranga (mil). El resultado de estos cómputos era vertido en los quipus, esas cordeletas de distintos colores en los cuales por medio de nudos diferentes y especiales se registraban los totales de la población. Los quipucamayos eran los responsables de anotar, guardar y descifrar las cuerdas. Intento de rebelión de un hermano Una de las personas de mayor confianza de Túpac Yupanqui era su hermano Topa Cápac y por ese motivo lo colmó de honores, tierras, haciendas y servidores y le encargó la visita de parte de sus estados. Sin embargo, Topa Cápac no contento con el aprecio de su hermano, ambicionaba el poder supremo y comenzó a preparar una rebelión. Por más secretos que fueran los proyectos de Topa Cápac, llegaron las noticias a oídas del soberano quien hizo averiguaciones llegando a la conclusión de que las acusaciones eran ciertas. No sólo fue detenido y ejecutado Topa Cápac, sino también todos los que habían participado en el complot. A fin de verificar la gravedad de los culpables y su número, el Inca salió del Cusco para informarse personalmente de los hechos. Así llegó a Yanayacu o "Agua Negra" y quiso ordenar la muerte de parte de la población, pero la coya pidió misericordia para ellos y se les perdonó quedando en calidad de servidores o yanaconas de los curacas del lugar. Por esos motivos la visita que cometió Topa Cápac fue revocada y encomendada a otro hermano llamado Apo Achachi, el gran visitador, quien recorrió el país nombrando a nuevos curacas o manteniendo a los antiguos según sus meritos e implantando la organización cusqueña. Muerte y sucesión de Túpac Yupanqui Después de visitar sus estados acompañado de numeroso séquito, Túpac Yupanqui decidió edificar la fortaleza de Sacsay Huaman, una obra que causó la admiración de los europeos. Pasaba el tiempo el Inca en su palacio de Chinchero cuando lo sorprendió la muerte. No falta el cronista que dice que el Inca fue envenenado por una concubina. El gobierno de este Inca fue relativamente corto y no fue posible evitar las confusiones que se daban a la muerte de un gobernante. Parece que Túpac designó primero al joven Huayna Cápac como heredero suyo, pero por intrigas de una concubina revocó su nombramiento a favor de su hijo Cápac Guari, hijo de Chuqui Ocllo. Sin embargo, el hermano de Túpac Yupanqui, Guaman Achcachi, desconocía el intento de los deudos de Cápac Guari de asumir el poder y preparaba por su cuenta el advenimiento de su sobrino Huayna Cápac. Enterado de la situación, Guaman Achachi no dudó en juntar gente de guerra y prendió a Cápac Guari. Según el cronista Sarmiento de Gamboa, el insurrecto no fue ejecutado sino enviado a Chinchero preso y nunca más se supo de él. Peor suerte le tocó a la concubina Chuqui ocllo que fue asesinada. Sin más inconvenientes, se preparó el advenimiento del joven Huayna Cápac. Gobierno de Huayna Cápac. Su matrimonio Después de los sucesos narrados más arriba, se procedió a preparar la ceremonia del advenimiento del joven Huayna Cápac a la cual se quiso dar toda la fastuosidad posible. Era tradición que el mismo día que el nuevo soberano recibía la borla, insignia del poder, debía contraer matrimonio. Durante los dos últimos reinados el matrimonio se había hecho con una hermana, pero no necesariamente de padre y madre. La ñusta devenía en coya sin importar cuántas mujeres tuviera anteriormente el príncipe. El relato de esta ceremonia proviene del cronista Santa Cruz Pachacuti y parece más andino que el de los demás. El Cusco se adornó con esmero y las humildes techumbres de paja se cubrieron con vistosas mantas de plumerías multicolores con aves selváticas. El oro de las cenefas de los palacios relucía al sol y contrastaba con la severidad de las piedras. Los novios, cada uno en su palacio, ayunaban sin comer sal ni ají y los sacerdotes llevaban a cabo numerosos sacrificios y auscultaban las vísceras de los animales sacrificados para averiguar el futuro. El día indicado Huayna Cápac salió en andas ricamente adornadas del palacio de su abuelo Pachacutec acompañado de los Apu Curacas o grandes señores del Collasuyu. Mientras tanto, la ñusta llamada Cusi Rimay partió en andas de las casas de su padre Túpac Yupanqui escoltada por los grandes señores de Chinchaysuyu, Cuntisuyu y Antisuyu. No se sabe el por qué del privilegio de la joven de ser conducida por los miembros de los tres suyu mientras que Huayna Cápac lo era sólo de uno. Es posible que fuese una doncella de mayor rango social que su futuro esposo. Una vez convertido en único señor, Huayna Cápac no se alejó del Cusco a pedido de su madre Coya Mama Ocllo que lo quería mucho y temía una larga ausencia de su hijo. Por ello envió a su tío Guaman Achachi a visitar la larga ruta del Chinchaysuyu hasta el extremo norte mientras él se quedó recorriendo los lugares cercanos al Cusco y al Collao. Al Inca le correspondía mantener las adquisiciones territoriales y continuar ensanchando sus dominios. Sin embargo, en las regiones periféricas del Tahuantinsuyo, tanto en Chile como en el actual Ecuador, lugares más alejados de los centros de antiguas culturas, no existía la costumbre de la reciprocidad que había facilitado la expansión del Estado. Pueblos como los chinchas se sometían de buen grado al Incario porque no querían estropear sus intercambios a larga distancia. En las siguientes ausencias de su capital, Huayna Cápac se dirigió al sur a los Charcas, Cochabamba y Pocona continuando a Coquimbo y Copiapó. Según Cieza de León, el Inca se quedó doce lunas apaciguando la región y edificando caminos y fortalezas. Su permanencia fue interrumpida por las noticias de rebeliones en Quito, Pastos y Huancavilca que obligaron al soberano a retornar a Cusco y reunir ejércitos. Cada expedición del Inca exigía una preparación especial había que reunir la mita guerrera, convocar a los curacas para pedirles soldados, acopiar víveres, armas y efectuar sacrificios humanos para halagar a los dioses y hacerlos favorables. Tampoco podían faltar las comidas públicas para estrechar los lazos de la reciprocidad entre el Inca, los jefes de las macroetnías y los señores del reino. Por fin se puso en marcha Huayna Cápac con un numeroso séquito de jefes, señores y tropas que se iba engrosando a lo largo del camino. Posiblemente los curacas comarcanos acudían a los lugares por donde pasaba el soberano para hacerle su mocha y manifestarle obediencia. Durante su estadía en Cajamarca, Huayna Cápac se dirigió a Chachapoyas donde los jefes se habían rebelado y refugiado en una fortaleza. Después de ser vencidos, numerosos chachapoyas fueron enviados al Cusco en calidad de mitimaes donde aún se encontraban durante el virreinato. Luego, el Inca continuó su ruta hasta llegar a Surampalli, en tierra cañar, donde se "holgó en extremo" por ser su tierra natal y le cambió el nombre por el de Tumibamba que correspondía al de su panaca o ayllu real.
Expedición a Raura Huayna Cápac pasó largos años en el norte de sus estados y es posible que habiendo nacido en Tumibamba prefiriese residir ahí a permanecer en el Cusco. Además, numerosas fueron las guerras contra los diversos grupos étnicos de la región que había que dominar. En uno de esos encuentros contra los carangue y cayambis, los naturales se refugiaron en una fortaleza y en el fragor del encuentro los orejones dejaron caer a Huayna Cápac de sus andas y hubiera sucumbido de no haber sido por dos señores que lo socorrieron. En señal de protesta, el Inca hizo su entrada a Tumibamba a pie. Tiempo después de estos sucesos llegó la noticia de la llegada de nuevos refuerzos desde el Cusco. A la cabeza del ejército estaba el general Mihi que por su alto rango portaba la estatua Huanacauri. Huayna Cápac, olvidando la tradición de la reciprocidad, ordenó al general entrar de inmediato a la lucha. Indignado y profundamente herido, Mihi decidió regresar al Cusco. Avisado Huayna Cápac de la conducta del general mandó le enviasen grandes regalos como correspondía a la costumbre ancestral. Satisfecho, Mihi retornó con sus ejércitos, marchó a la guerra y salió victorioso. Este episodio ilustra la diferencia entre la mentalidad andina y la europea. En Europa, la actitud de Mihi sería considerada una traición pero en los Andes, el Inca estaba en falta por haber obviado la reciprocidad. Después de varios años llegó del Cusco la noticia del fallecimiento de muchos parientes del Inca y con esta nueva se dirigió Huayna Cápac a Quito para preparar su retorno a la capital. Sin embargo, cayó gravemente enfermo y se cubrió de pústulas. Sintiéndose morir llamó a los sacerdotes para designar a su heredero Ninan Cuyuchi. Pero cuando los dignatarios acudieron al príncipe encontraron que había muerto. Mientras tanto, el sacerdote del sol llamado Cusi Topa Yupanqui realizaba la ceremonia de la calpa para averiguar la suerte de los designados a través del sacrificio de una llama blanca. Tanto para Ninan Cuyuchi como para Huascar, el otro pretendiente al poder, los augures fueron desfavorables. Ante la incertidumbre de la situación, la coya Mama Raura, aconsejada por el sumo sacerdote, partió al cusco a forzar el nombramiento de su hijo Huascar. Los señores decidieron guardar en secreto la muerte del Inca para evitar posibles rebeliones y después de momificar su cuerpo lo llevaron como si estuviese vivo. Mientras tanto, la corte avanzaba lentamente hacia el sur y Atahualpa, que se había quedado en Tumibamba, trató de pasar desapercibido junto con parte de los generales que custodiaban el país de posibles disturbios de los naturales. Gobierno de Huáscar. Los inicios de la querella entre hermanos El dignatario encargado de cumplir con las últimas voluntades de Huayna Cápac y de conducir su momia hasta el Cusco fue Cusi Topa Yupanqui quien pertenecía a la panaca de Pachacutec y era deudo de la madre de Atahualpa. Al llegar el cortejo fúnebre a la capital, los nobles encargados del viaje fueron duramente increpados por Huascar por dejar a Atahualpa en el norte y fueron acusados de conspiración. De nada sirvieron sus protestas y la afirmación de su inocencia. A pesar del tormento, no confesaron nada. Sin embargo, Huascar ordenó matarlos pensando que si les perdonaba la vida serían para siempre enemigos peligrosos. Los sucesos disgustaron a los señores del séquito de Huayna Cápac y al parecer algunos de ellos retornaron a Quito sin esperar las ceremonias. Mientras tanto, Atahualpa se dirigió a Tumibamba para ordenar la edificación de un palacio para Huascar, actitud que disgustó al curaca de Tumibamba llamado Ullco Colla quien envió mensajeros secretos a Huascar quejándose del proyecto e insinuando un intento de rebelión de Atahualpa. Para congraciarse con Huascar, este príncipe envió al Cusco ricos presentes, pero el Inca montó en cólera y mató a los mensajeros ordenando confeccionar tambores con sus despojos. Después partieron embajadores de Huascar camino a Quito con prendas femeninas y afeites para Atahualpa. Estos episodios fueron la causa del rompimiento entre los hermanos. Atahualpa ya no podía regresar al Cusco como lo ordenaba Huascar pues hubiera ido a una muerte segura. Según el cronista Cobo, los generales de Huayna Cápac que permanecieron en el norte fueron los que empujaron a Atahualpa a rebelarse pues ellos juzgaban que si marchaban al Cusco no tendrían la misma situación con Huascar de la que gozaban con Atahualpa. En estas circunstancias, los cañaris partidarios de Huascar aprovecharon de un descuido de Atahualpa para hacerlo prisionero y lo encerraron en un tambo, pero durante la noche logró Atahualpa hacer un forado en la pared gracias a una barra de cobre proporcionada por una mujer y escapó sigilosamente. Después contaría que el Sol, su padre, lo transformó en amaru (serpiente) y así se evadió. Una vez liberado, Atahualpa se dirigió a Quito donde reunió un ejército para marchar sobre Tumibamba. Tras la victoria, inflingió un duro castigo a los cañaris. Luego se dirigió a la costa y llegando a Tumbes quiso dominar a los isleños de la Puná y se embarcó en numerosas balsas. Los de la Puná ofrecieron resistencia y se entabló una batalla naval en la que vencieron los isleños, expertos balseros. En cuanto a Atahualpa, salió herido en una pierna, decidió retornar a tierra y no paró hasta Quito. Entonces el curaca de la Puná atacó Tumbes y arrasó el pueblo. En ese estado lo encontró Pizarro cuando llegó a sus costas durante su tercer viaje. Además, encontró en la isla a unos seiscientos cautivos tumbesinos pertenecientes a las tropas de Atahualpa. Los desatinos de Huascar Mientras Atahualpa iniciaba una abierta rebelión contra su hermano, Huascar establecía su gobierno en la capital. En aquel entonces contaba con el apoyo de la nobleza y de la clase dirigente del Tahuantinsuyo. Pero no supo o no se preocupó por conservar su prestigio pues tenía un carácter pusilánime, violento, cruel y desatinado. Huascar no otorgó a los ayllus reales la atención a la que estaban acostumbrados y no asistía a las comidas públicas en la plaza donde se fortalecían los lazos de la reciprocidad y de parentesco. Otro motivo de enojo hacia el Inca fue haber apartado de su guardia a los tradicionales ayllus custodios y haberlos reemplazado por unos mitimaes chachapoyas y cañaris, o sea advenedizos. Luego, Huascar declaró desear enterrar a todas las momias reales y quitarles a las panacas sus tierras, riquezas, servidores y mujeres. Al mismo tiempo dijo pretender pasarse del bando de Hanan al de Bajo Cusco. Estos hechos muestran hasta que extremos llegaron las diferencias entre el soberano y la nobleza cusqueña que había sido su mayor apoyo. Muy distinta era la situación de Atahualpa, la distancia le permitía no tomar parte directa en las riñas entre linajes y tenía el apoyo de los generales de su padre. El desprestigio de Huascar permitió a los miembros de las panacas de Hatun Ayllu, a la cual pertenecía Atahualpa, mantener las intrigas por el poder. La guerra Poco a poco, los generales de Huascar se fueron plegando a la causa de Atahualpa. Esta circunstancia explica las constantes derrotas de los ejércitos de Huascar a pesar de contar con grandes efectivos. Así, los generales de Atahualpa fueron ganando terreno hasta que a Huascar no le quedó más remedio, como a los antiguos soberanos, que tomar él mismo el mando de sus tropas. Por su parte, Atahualpa marchaba lentamente hacia el sur dejando a sus generales el manejo de la guerra. Así estando en Huamachuco envió a dos emisarios a consultar a la famosa huaca Catequil por el desenlace de la guerra. El oráculo respondió que Atahualpa tendría mal fin. Furioso, Atahualpa marchó al lugar donde se hallaba el oráculo con su alabarda de oro en la mano. A su encuentro salió un viejo sacerdote vestido con una larga túnica blanca tachonada de conchas de la mar. Sabiendo que era él quien le había vaticinado tal destino, Atahualpa le asestó un rudo golpe en la cabeza que le destrozó el cráneo. Por entonces llegaron las nuevas de la aparición de extraña gente blanca y barbada llegada en casas de madera que flotaban sobre el mar. No se preocupó Atahualpa por aquella gente que llegaba por segunda vez a sus dominios. En la primera ocasión se fueron sin que pudiese haberlos visto y, por curiosidad de ver cómo eran aquellos extranjeros, no tomó Atahualpa las precauciones que sus generales recomendaban de atacarlos en algún desfiladero. El Inca hizo caso omiso y más bien ofreció a los extranjeros guías y alimentos con la orden de dirigirse a Cajamarca donde él estaría. Mientras tanto, los generales de Atahualpa seguían derrotando a las tropas de Huascar hasta que imprudentemente el Inca se arriesgó en una estrecha quebrada sin conocer las posiciones enemigas. Los experimentados generales de Huayna Cápac se dieron cuenta de la imprudencia y encerraron a Huascar entre dos ejércitos. Las triunfantes tropas de Atahualpa avanzaron hacia el Cusco hasta el cerro de Yavira. Ahí llegaron las panacas y los linajes importantes y todos se acomodaron; por un lado los Hanan Cusco y por el otro los Hurin Cusco y se postraron ante el huauque, el doble o hermano del nuevo soberano, para rendirle homenaje y reconocerlo como Inca. Pasado un tiempo llegó al Cusco un pariente del nuevo Inca llamado Cusi Yupanqui con órdenes, según el consenso de los cronistas, de matar a los deudos cercanos de Huascar, a sus mujeres e hijos y para mayor ensañamiento, quemar la momia de Túpac Yupanqui. Destruir la momia o cuerpo de un antepasado era el mayor castigo posible. La venganza contra el Cápac Ayllu, al cual pertenecía Huascar, muestra que el enfrentamiento entre dos hermanos era una lucha entre panacas rivales. La emboscada de Cajamarca. El tercer viaje de Francisco Pizarro y su llegada a Tumbes En el tercer viaje, Pizarro encontró el pueblo de Tumbes quemado y destruido por el ataque del curaca de la Puná. Los hispanos tardaron en la costa ocupados en fundar el pueblo de San Miguel de Tangarará y en hacer averiguaciones sobre esa tierra. Ahí fue que se enteraron de la guerra fratricida, situación que podía serles útil para la invasión. Según el cronista Mena, Atahualpa envió a un capitán suyo disfrazado de hombre humilde para espiar a los cristianos. Este personaje propuso luego atacar al ejército español en un desfiladero pero el Inca se lo impidió porque quería que subiesen hasta Cajamarca. Lenta y prudentemente avanzaban los españoles y en un reconocimiento del campo, Hernando de Soto llegó con cuarenta hombres al lugar de Caxas donde hallaron un pueblo destruido por la guerra pero con los depósitos llenos y un Aclla Huasi o Casa de Escogidas. Los soldados quisieron repartirse a las mujeres pero Pizarro tenía prohibido cualquier desmán o pillaje que pudiera irritar a los naturales. Estando en Caxas llegó un mensajero de Atahualpa que preocupó al curaca del lugar, pero de Soto lo tranquilizó. El enviado traía unos patos degollados rellenos de paja con el mensaje de que lo mismo les sucedería a los cristianos. El emisario de Atahualpa se reunió con Pizarro y el gobernador, como buen diplomático, se mostró muy complacido con las noticias del Inca y le remitió de regalo dos copas de vidrio y una rica camisa. Además, ofreció su ayuda para combatir cualquier enemigo del soberano. Durante varios días continuó Pizarro su camino hacia la sierra hasta que llegaron ante el real de Atahualpa, quien les mandó regalos de carne asada, maíz y chicha. Un curaca amigo les recomendó no probar bocado por temor a que fuesen víveres envenenados. Al atardecer entraron sigilosamente en Cajamarca, temerosos de algún encuentro armado. Hernando de Soto y Hernando Pizarro solicitaron del gobernador el permiso para dirigirse al real de Atahualpa y verlo de cerca. El Inca estaba sentado en una tiana o asiento bajo a la entrada de una casa rodeado de sus principales y de sus mujeres. Soto se acercó caracoleando su cabalgadura tan cerca del soberano que su borla se movió con el resoplido del caballo sin que el Inca hiciese el menor gesto de sorpresa o de temor. Hernando Pizarro que se había atrasado, apareció con un intérprete en el anca de su caballo. El Inca les ofreció de beber y les prometió ir personalmente a la ciudad al día siguiente. Los españoles pasaron la noche en constante guardia temiendo un ataque sorpresivo pero nada les molestó. Al día siguiente los mensajeros iban y venían sin que el Inca se diera prisa alguna. Recién al atardecer y ante las repetidas insistencias de Pizarro, Atahualpa se decidió a entrar al pueblo. El ataque Mientras tanto, Pizarro dividió sus huestes en cuatro partes y se escondieron en los edificios que rodeaban la plaza. En el primer galpón esperaba Hernando Pizarro con catorce o quince jinetes; en el segundo estaba de Soto con quince o dieciséis caballos; en el tercero se situaba un capitán con otros tanto soldados en tanto Francisco Pizarro con veinticinco efectivos de a pie y dos o tres jinetes esperaban en otro edificio. En medio de la plaza, en una fortaleza que probablemente era un ushnu estaba el resto de la gente con Pedro de Candia y ocho o nueve arcabuceros más un falconete. Lenta y pausadamente entró el Inca a la plaza después de que sus soldados la ocuparan parcialmente y se sorprendió de hallarla vacía. Al preguntar por los españoles le dijeron que de miedo permanecían ocultos en los galpones. Entonces avanzó con mucha solemnidad el dominico Valverde con una cruz entre las manos acompañado por Martinillo, el intérprete, y pronunció el requerimiento formal a Atahualpa de abrazar la fe católica y servir al rey de España, al mismo tiempo que le entregaba el evangelio. El diálogo que siguió es narrado de modo distinto por todos los testigos. Es posible que la tremenda angustia vivida en esos instantes impidiera recordar después las frases exactas que se cruzaron entre los diversos actores de la tragedia. Tras el Inca y en otra anda era llevado el curaca de Chincha y en un momento Pizarro vaciló no sabiendo cuál de los dos era el Inca. Sin embargo, ordenó a Juan Pizarro dirigirse hacia el curaca y él y sus soldados avanzaron hacia el Inca. A una señal de Pizarro, el silencio cargado de amenazas se transformó en la más tremenda de las algaradas. Estalló el trueno del falconete y retumbaron las trompetas, era el aviso para que los jinetes salieran al galope de los galpones. Sonaron los cascabeles atados a los caballos y dispararon ensordecedores los arcabuses; los gritos y alaridos eran generales. En esta confusión, los aterrados indígenas, en un esfuerzo por escapar, derribaron una pirca de la plaza y lograron huir. Tras ellos se lanzaron los jinetes dándoles el alcance y matando a los que podían mientras otros morían aplastados por la avalancha humana. Mientras tanto, Juan Pizarro se abalanzó en dirección del señor de Chincha y lo mató en sus andas. Por su parte, Francisco Pizarro con sus soldados masacraban a los naturales que desesperadamente sostenían el anda del Inca. Al ver la situación, un español sacó su cuchillo para ultimar a Atahualpa, pero Pizarro se lo impidió saliendo herido en una mano y ordenando que nadie tocase al Inca. Por fin, los españoles asidos de un costado del anda lograron ladearla y cogieron al soberano. Al caer la noche de aquel aciago 16 de noviembre de 1532, había terminado para siempre el Tahuantinsuyo. El Sapan Inca estaba cautivo y con su prisión llegaba a su fin la autonomía del Estado indígena. Sucesos trascendentales traerían profundos cambios no sólo para los Andes sino también para Europa. El colapso Inca. Causas de la caída del estado El espectacular colapso del incario se produjo por una serie de motivos que se pueden dividir en dos tipos las causas visibles y las causas profundas. Los fundamentos visibles son bien conocidos la guerra fratricida que mantuvo dividido el poder y el mando, el factor sorpresa aprovechado en la emboscada de Cajamarca, la superioridad tecnológica europea referente a las armas, es decir los arcabuces, falconetes, espadas de acero y la presencia de los caballos. Todas estas razones pesaron en los acontecimientos pero no fueron las únicas que determinaron el triunfo de los hispanos. Existieron otros elementos que actuaron de manera decisiva en la derrota indígena, a saber la falta de integración nacional por no tener los naturales conciencia de unidad frente al peligro extranjero y la carencia de cohesión entre los grupos étnicos. El estado inca no fue considerado por los naturales bajo el concepto de una nacionalidad. Además, la hegemonía inca no pretendió anular la existencia de los grandes señores étnicos porque sus estructuras socioeconómicas se apoyaban en ellos y no suprimió sus particularidades. Al Inca le bastaba recibir el reconocimiento de su poder absoluto que le daba acceso a la fuerza de trabajo que necesitaba para cumplir sus obras de gobierno y la designación de las tierras estatales y del culto en todo el territorio. La única medida centralizadora ordenada por el soberano fue la implantación de una misma lengua en todo el país. La intención era facilitar el trato y la administración ante la pluralidad de lenguas y dialectos. Un examen de la sociedad andina de finales del siglo XV destaca como una sociedad jerarquizada, compuesta por macroetnías gobernadas por hatun Curacas o grandes señores quienes a su vez tenían bajo su autoridad a una serie de señores menores. Sin embargo, el advenimiento de los incas significó para los grandes señores una pérdida de poder y de buena parte de sus anteriores riquezas. Sus mejores tierras pasaron al poder del Estado, con la gente local trabajando sus campos y el usufructo llenando los depósitos gubernamentales. A pesar de los grandes regalos percibidos por los curacas a través de la reciprocidad, ello no compensaba su pérdida de libertad y la imposición del yugo cusqueño. La situación del hatun runa u hombre del común no era más satisfactoria con la creación de la mita guerrera y los masivos traslados de poblaciones de mitimaes. Así, el incario a la muerte de Huayna Cápac no era el estado utópico pintado por algunos cronistas. Por el contrario, el descontento animaba a buena parte de la población y es por ello que con el arribo hispano y la guerra civil les pareció a los curacas que era el momento preciso para dejar de lado la reciprocidad con el Inca y aprovechar de los forasteros para trocar con ellos sus lealtades. Un innegable descontento debió reinar entre los señores y entre las clases populares, insatisfacción que dio lugar a un deseo de sacudirse de la influencia inca. Estos sentimientos explican la buena acogida otorgada por los naturales a las huestes de Pizarro. Es por esos motivos que los españoles fueron masivamente ayudados por los señores indígenas con ejércitos, cargadores de víveres, armas y bienes de toda índole. No fue un puñado de hispanos quienes doblegaron al Inca sino los propios andinos descontentos con la situación imperante quienes creyeron encontrar una ocasión favorable para recobrar su libertad. Si sus cálculos fallaron fue debido a la natural ignorancia de los acontecimientos futuros pues ellos no conocían los deseos imperialistas de la corona española ni sus extensas conquistas en México y el Caribe. Las violentas epidemias Antes que los españoles pisaran el suelo del Tahuantinsuyo, las epidemias se habían adelantado ya y habían tomado posesión de las tierras con inusitada violencia. En el primer viaje de Pizarro desde Panamá, quizá en la isla de La Gorgona o en tierra firme, un blanco o un negro cayó enfermo y contagio a la población local. De ahí, como reguero de pólvora, el mal se extendió incontenible, ensañándose contra pueblos indefensos frente a esas nuevas enfermedades. Estas enfermedades eran las eruptivas como la viruela, viruela loca, sarampión, gripe, etc. Los naturales fueron fulminados por enfermedades comunes en Europa pero para las cuales los ellos no poseían defensas genéticas. Funesto aporte de ultramar. Después del primer estrago, las epidemias se hicieron recurrentes. Aparecían de tanta en tanto y aniquilaban ayllus enteros. Así, hallamos en los documentos de la zona de Huarochirí del siglo XVIII una lista de algunas comunidades desaparecidas debido a enfermedades. Al lado de los ayllus figura la palabra "fenecido". Indudablemente las epidemias debilitaron la resistencia andina ante los extranjeros y facilitaron la invasión. Según estimaciones del historiador David N. Cook, la caída demográfica alcanzó a finales del siglo XVI el 90% de la población prehispánica y la desaparición de casi la totalidad de los habitantes de la costa central afectados directamente por las guerras civiles entre españoles, el exceso de tributo y la edificación de la Ciudad de los Reyes.
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